viernes, julio 18, 2008

El amor muestra el camino...

Aún recuerdo las barracas en las que vivíamos una centena de colonos, una era nuestro hogar. Mis padres y mi abuelo, todos trabajaban para el gran señor. Recuerdo cuando cumplí los 10 años, la señorita Francisca hizo una fiesta para los hijos de los colonos, hubo una multitudinaria merienda en el gran parque de la estancia y luego ella tocó el piano con sus blancas manos. Acompañando, de gestos dulces y delicados, a la música que entonces nos parecía magia. Ella acababa de venir de cursar estudios en el extranjero y se decía que tenía 20 años, era un verdadero encanto de belleza…

La familia Del Campizo era de la alta sociedad, medio país de entonces era de ellos. Tenían a su servicio más de 500 personas en todo el condado. Sus fiestas eran multitudinarias y conocidas en todas las comarcas adyacentes. Eran cinco sus miembros, el señor y la señora Campizo y sus tres hijos, dos chicos (los mayores) y una chica Francisca. El mayor estaba comprometido con la hija de otro dueño de las comarcas cercanas. El segundo hijo también estaba comprometido por sus padres a una joven y linda hija de buena familia. A Francisca la comprometió su padre con el hijo mayor del acendado más rico y poderoso de los contornos. Pues la niña era una preciosidad, de cabellos claros y tez blanca y rosada, era bondadosa, hacendosa, recatada, llena de virtudes y de actitudes. Tocaba el piano como los ángeles, montaba a caballo, estudiaba idiomas, era lo que se solía decir, “el mejor partido”. Vestía los mejores vestidos y era invitada a las mejores fiestas. Todos los hombres la deseaban y ella nunca los miraba, pues sabía que ella estaba comprometida con quien su padre le designara y eso lo obedecía con rigor.

Por aquel tiempo llegaron a la casa principal unos mineros pidiendo trabajo, pues cerraron la mina y se quedaron en la calle. El Amo colocó a algunos y los distribuyó por tareas. A un chico llamado Darío, le puso en las caballerizas, limpiar y alimentar a los caballos era su trabajo.

Todas las mañanas Francisca iba a dar un paseo con su caballo por los campos adyacentes. Un día el caballo se quejaba de una pata y mandó llamar a quien lo cuidaba. Salió Darío y se presentó ante la señorita. Ella al tener que preguntar por los cuidados de su caballo tuvo que mirar al chico a la cara y entonces pasó algo indescriptible con palabras. Esa noche ella no durmió y a la mañana siguiente volvió a llamarle con la excusa del caballo. Ella sabía que el caballo estaba bien, pero no podía dejar de mirar y ver a ese hombre que con solo mirarlo la arrebató el corazón. Él se dio cuenta de que la señorita tenía sentimientos hacia él y un día que estaba sola la habló. La dijo:

Me voy de aquí mañana a mi tierra, es un sitio pequeño y sin vida, allí no hay nada, pero no puedo permitirme el quedarme aquí, tú y yo no tenemos ningún futuro. Eres la hija del amo, un hombre todopoderoso, una mujer deseable para cualquiera y más para un paria como yo. No tengo donde caerme muerto. No tengo nada que ofrecerte, solo miseria. Por eso me marcho. Ella le pidió un último favor, que le dijera dónde había nacido (él la dijo como se llamaba el lugar y donde se encontraba). Al día siguiente él cumplió lo dicho y se fue.

Pasaron dos meses y un día Francisca desapareció. La buscaron por si había tenido algún accidente, se batió toda la comarca, el padre se gastó más de media fortuna en hacer que se la buscase, ofreció recompensas y todo lo que estuvo a su alcance por poder dar con su queridísima hija, pero fue en vano.

Se hablaba de la señorita en las reuniones, en los mercados y siempre se la recordaba como una princesita, yo a veces soñaba con ella, la encontraba, la rescataba y se casaba conmigo. Luego se quedó en mis recuerdos más gratos y mi vida transcurrió como la de cualquier otro más de la comarca.

A la edad de 30 años decidí irme a correr mundo. Cuando me cansé de trabajar aquí y allá en tierra, probé el mar y me enrolé de marinero. Me gustó y pasé mi vida en seis barcos de menor o mayor importancia. En la mar encontré la libertad. Me gustó el esfuerzo mutuo “cuando hay que hacerse todos uno en el trabajo”, sentí la verdadera camaradería. Una forma de no estar quieto aunque estuvieses dormido. No pasé más de dos meses en tierra, o no encontré ninguna mujer que me retuviese lo suficiente para querer echar raíces. Mi vida fue un navegar continuo desde el día que decidí hacerme marinero.

Ahora tenía 65 años y seguía navegando en un barco transportador de madera. En este viaje tuvimos un percance y decidimos desembarcar unos días hasta que la avería estuviera subsanada. Arribamos a una isla que las coordenadas encontraron como la más próxima, y en un pequeño bote desembarcamos unos doce hombres que éramos. Inspeccionamos la isla y encontramos cuatro casas, por cierto, muy deterioradas. Dos estaban desiertas y en las otras dos, en una vivía un fosilizado viejo con dos perros, y en la otra un hombre y una mujer avejentados. Los otros marineros se quedaron en las casas vacías y otro y yo nos quedamos a pasar la noche con la pareja. La casucha tanto por dentro como por fuera era paupérrima. Por dentro era una estancia abierta, ennegrecida por el humo y la convivencia diaria. Al fondo, una cortina sin color delimitaba algo así como una alcoba. Cenamos un caldo de nabos y un torrezno. La mujer ordeñó una cabra y nos dio un tazón desportillado a cada uno con algo de leche. Se la veía cansada cuando levantaba el caldero, primero del ordeño y luego de agua que fue a buscar a una pila fuera de la vivienda. Su espalda encorvada y los pies arrastrando decía la vida que había llevado. Vestía de negro y gris y llevaba pañuelo a la cabeza. El hombre también estaba encorvado y se les veía que habían envejecido juntos. Pero él además tenía Parkinson, sus manos no dejaban de temblar. Cuando por enésima vez intentó llevarse el cuenco de leche a la boca sin mucha fortuna, ella se acercó a su esposo y le ayudó a beber su leche. Nadie podría imaginarse al ver a aquella mujer ruda, desmarañada, y zafia utilizar el esmero más dulce, cuando, con una mano le daba a beber la leche y la otra se la pasaba por el pelo echándoselo hacia atrás con un gesto de cariño y una mirada que nunca vi en ninguna otra mujer. A acabar de beber lo limpió con ternura con su mismo delantal y sus ojos se pasearon por los de él y…algo brilló que no sé narrar, pero en ese momento solo estaban ellos dos en el mundo. Luego le ayudó a llegar a su cuarto y lo dejó para regresar y sentarse con nosotros. Mientras ella repasaba algo de ropa nos preguntó de dónde éramos, yo le dije mi lugar natal, aunque hacía más de 35 años que no había vuelto. Entonces me dijo que también ella era de allí. Yo no salía de mi asombro y la pregunté quién era, a lo mejor la conocía, y entonces me dijo que era Francisca Campizo la hija del señor de aquel condado. Siguió contando ella….

Cuando Darío se fue de la estancia y dejó el trabajo, sentí que se iba lo que más amaba del mundo, y supe que si iba tras de él, nunca más iba a poder ver a mis padres y familia. Dejé transcurrir un tiempo para que no hubiese sospechas. Cogí dinero y le pedí a un barco que me acercara aquí, donde mi querido amor vivía. Y aquí he permanecido junto a lo que amo. Me dijo.

Entonces recordé a aquella señorita de blancas manos tocando el piano, vestida de organdí, rodeada de miradas de deseo en fiestas de alta sociedad. Y también vi a una mujer de setenta y pico de años encorvada, sin casi nada para comer, con miseria y mucho trabajo. Y vi sus gestos de amor para con su compañero y esposo, el hombre que la enamoró y pienso que mereció la pena porque…vivió junto a lo que amaba.

Cuando nos fuimos, me despedí de ella y solo me dijo: Si un día vuelves a nuestro país, bésalo por mí y dile que me vine a esta otra tierra porque aquí está mi amor, ahora ya pertenezco aquí.

Al bajar la colina miré para atrás y vi a Francisca dando el desayuno a Darío con amor, lo miraba a los ojos y desaparecía el mundo, solos estaban ellos dos en él.


3 comentarios:

∂ZuL™ dijo...

Simplemente hermoso escrito Marvision nada mas me tardo poquito y escribes maravillosamente... excepcional!

ElPoeta dijo...

Preciosa historia, amiga querida. El amor siempre nos muestra el camino. Muchos besos,
V.

Pedro dijo...

Un relato cautivador. Lo has hilado magistralmente. Y el mensaje de amor.... soberbio.
Mis felicitaciones.
Un beso.