domingo, septiembre 05, 2010

SERVIR

Eran una chica joven y un hombre que podía tener bien a gusto más de veinte años por encima de ella. Habitaban en un solitario paraje y tenían un desierto ante ellos.

Vivian en una casucha de madera algo desvencijada. Comían lo que generaba la tierra, un huerto que apenas daba nada y unos animales que se pasaban el día pastando unas briznas de hierba seca entre el polvoriento paisaje. Ella cuidaba de la casa, del huerto, de los animales. Él no hacía nada, aunque parecía que era quien lo hacía todo. Se pasaba el día limpiando un coche destartalado y pidiendo todo lo que necesitaba a ella. Él guardaba con celo una abollada lata con gasolina (como si de un tesoro se tratase) por si hacía falta ir a la ciudad más próxima, que debía de estar muy, pero que muy lejos para llegar a pie.

Él la pegaba a ella por todo, y ella soportaba los golpes y procuraba que no la diera en lugares vitales que la dejaran inválida. En aquellos días escaseaba la poca agua que recogían de las lluvias y él decidió hacer un pozo. Pero él era hombre de muchos proyectos y poco pala y pico, por lo que fue ella la que se tiraba cada noche trabajando con un candil sacando tierra a calderadas; bajaba, picaba, lo hacia una pila y lo cargaba en los cubos, luego los ponía una cuerda y se subía para poder tirar de ellos. Así noche tras noche y él se asomaba y decía…qué tal va mi pozo? Porque él lo llamaba “mi pozo”, pues era de él, como todo lo que allí había. Cuando le parecía que se avanzaba poco amenazaba a su mujer y la pegaba para que hiciera más.

Pasaron los meses y cada vez era más hondo el pozo. Él nunca bajaba para verlo ni siquiera para mancharse. Por eso un día la preguntó a ella que, cómo iba de profundo, y ella dijo: que mucho, (él la pegó por contestar así. Él la pegaba por contestar así y por contestar de cualquier otro modo y también si no contestaba, por lo que daba igual lo que ella dijera o dejara de decir), esa contestación no le satisfizo ni le sacó de su ignorancia. La dijo que no servía para nada, que todo lo tenía que hacer él.

Entonces, cogió una piedra muy grande y la tiró al pozo para ver cuánto tardaba en llegar abajo. Pero no hizo el menor ruido, y tiró otra y otra y otra más. Como no obtuvo respuesta…puso la polea y mandó un cubo, tan profundo bajó que se le acabó los mil metros de cuerda que tenía en un enorme rollo. Buscó y empalmó toda la cuerda que encontró en la casa, tanto…que tardó lo menos dos días en meter toda la cuerda por el pozo abajo. De pronto hubo un tirón en la cuerda y supo que había topado por fin con algo, lo subió y tardó otros dos días en subirlo. Dentro del cubo había un envoltorio; lo cogió, lo abrió y leyó:

Tengo hambre, si me das de comer te doy más de esas piedras. Miró la piedra y vio que era una esmeralda. Cogió el coche, le echó la gasolina y se fue a la ciudad a ver si era auténtica.

Cuando vino a los tantos de días, venía con todo lujo de detalles. Bien alimentado, con un puro enorme, bien vestido y gasolina de sobra para ir y venir donde quisiera. Nada más llegar a la casa entró gritando a todo pulmón, y dijo a su mujer, que estaba asustada en un rincón al verle llegar, ¡Ni se te ocurra arrimarte al pozo eh?! Si lo haces te mataré.

Desde ese día él no dormía, ni vivía, ni comía casi. Todo lo que hacía era estar al lado del pozo. Lo llenaba de comida y lo bajaba durante dos días y cuando lo subía…lo devolvían con piedras preciosas, rubíes, diamantes, esmeraldas, zafiros, etc. Siempre venía acompañado de un papel dando las gracias con mucha educación, con un cariño enorme. Palabras que él no estaba acostumbrado a que nadie le dijera, y mucho menos a decírselas a nadie.

Desde ese día ya no se dignaba a ir donde su mujer a pegarla, pues estaba sumido en sus propios proyectos y eso le hacía olvidarse de ella. Desde entonces ella vivía y comía en paz.

Él seguía sacando piedras preciosas del pozo y se marchaba durante cinco a días a gastárselas a la ciudad y luego volvía, y otra vez lo mismo. Ella, en uno de esos viajes, se acercó al pozo, cogió un trozo de papel y escribió: ¡GRACIAS! Y se lo mandó a la criatura de abajo.

Pasó el tiempo y él empezó a acostumbrarse a su nueva forma de vivir. Tenía diversión, alcohol, placeres, mujeres, todo lo que quería. Se aburría de vivir bien y eso hizo que se fijara otra vez en su mujer. Volvieron las palizas y ella acababa señalada y medio muerta. Un día él se marchó de viaje otra vez, ella salió de la casa y fue al pozo, escribió en un trozo de papel: ¡¿PUEDES AYUDARME?! Y se lo bajó a la criatura

Al cabo de unos días el marido llegó y traía nuevos planes en mente, hacerse rico de golpe, porque lo que hasta entonces había conseguido era unas piedras a cambio de comida, pero él era egoísta y lo quería todo. Pensó: abajo debe haber una montaña de piedras preciosas y si bajo puedo subir yo mismo todo lo que quiera.

Por eso se fabricó una plataforma con madera, protegida para poder bajar y no rozarse contra los salientes. Una vez preparado él le dijo a su mujer: Voy a bajar, debes echar con cuidado toda la cuerda y luego cuando notes el tirón…la subes. Es cuanto has de hacer y hazlo bien. Esta será la última vez que me veas, porque desapareceré de tu lado para siempre, así que hazlo bien y te librarás de mí. Ella le dijo que sí, que lo haría tal y como él lo ordenaba. Ella no sabía más que obedecer, y eso hizo…

Cuando notó el tirón subió la cuerda de nuevo y cuando llegó arriba no venía la plataforma ni a su marido, sólo un papel que enseguida leyó, y decía:

GRACIAS POR LA COMIDA, ES LO MEJOR QUE HE COMIDO NUNCA. ¿TE HE AYUDADO BIEN?

Ella mandó otro papel donde decía: SÍ, ME HAS AYUDADO MUY BIEN, GRACIAS

Ella rellenó el pozo de nuevo con la tierra que había sacado anteriormente y se alejo con una leve sonrisa en el rostro

2 comentarios:

patchwork fabric dijo...

Todo vuelve....

Frida dijo...

hola soy completamente nueva en esto ! se puede tener amigos ? Soy de argentina !
saludos :)